viernes, 2 de mayo de 2014

De casualidad.

Ella se llamaba Celia por casualidad. La enfermera que colaboró en su parto se llamaba así. Su madre era indecisa y su padre no opinaba en las cosas importantes. Al parto llegó tarde y en el engendramiento estuvo por casualidad. 

Bastantes años después, una tarde cualquiera de primavera, Celia fue a la cocina, puso el agua a hervir y esperó, con una bolsa de té en la mano. Entretanto pensó en los obstáculos que los separaban. (Digo cualquiera porque sucedía a menudo. Las mujeres solemos pensar tanto en hombres como ellos en sexo). Al principio de todo, el mayor obstáculo entre Celia y Ángel se llamaba Ana. 

Ana y Ángel llevaban juntos desde el instituto. Se conocieron debido a que ambos tenían apellidos que comenzaban por la misma letra: la i. Son de estas parejas que empezaron a salir por azar. Ellos simplemente estaban allí, en aquella clase. Y el profesor de historia llevaba 22 años sentando a la gente por apellidos. Así que ambos, a unos 15 centímetros de distancia, oían las aclaraciones de aquel profesor sobre las guerras púnicas, el sexenio revolucionario y las cortes de Cádiz. Lo hacían a ratos. A veces escuchaban, a veces se escribían notas y a veces se pintaban los brazos. Uno a otro, simulando una inofensiva guerra. Una guerra que terminó causando heridos. 

Podrían no haberse conocido nunca si alguno de los padres hubiera alternado el orden de los apellidos. Pero no sucedió. Y bautizaron a sus hijos: A. Ibáñez y A. Ibarra, respectivamente. Bautizando a Celia con otra i. La i de idiota. La i de imbécil. La i de ilusa. 

Años después Celia y Ángel iban a la misma clase en la Universidad. Ambos estudiaron historia. Qué irónico. Se sentaban juntos porque lo elegían. Se elegían de 9 a 15 y luego Ángel elegía a Ana el resto del día. 

Los años pasaron. Pasaron los inviernos y pasaron los veranos. Celia nunca habló esto con Ángel. Era imposible, decía. Se llamaba Ibáñez. 
Y a veces a partir de un obstáculo comenzamos barricadas. La no comunicación acompañada de la imaginación libre va forjando pirámides infinitas, que de acabar, lo harían con un 'ya no'. Ahora el obstáculo no se llamaba Ana. Se llamaba Ana, Manuel, Andrea, Lola, y una sustancial lista de nombres propios acompañados de parentescos importantes.

El agua hirviendo empezó a evaporarse y la cazuela quedó casi vacía. La bolsa de bergamota se calentaba en la mano de Celia mientras ésta observaba por la ventana cómo sus hijos jugaban en el patio. 

¿Y ya está? ¿Esto es el amor? ¿Podemos entonces conformarnos y admitir que cualquiera puede ser el amor de tu vida? ¿De verdad tenemos esa necesidad de no estar solos y aferrarnos a los demás? ¿Así somos los seres humanos? ¿Quién inventó el amor?
O quizás todas esas preguntas se respondan con un no, y sea yo, la que no entiende de amores reales. Y por ello me invento a Celia, me invento a Ana y diseño a Ángel. 

Ya que sólo nos dan la oportunidad de vivir una vez, lo lógico es que dejemos que una bolsa de bergamota se caliente en nuestra mano, mientras pensamos en los pasados que no pueden recuperarse. Y también que nos hagamos continuamente la pregunta: '¿Qué hubiera pasado?'
El hombre comenzó a hablar hace más de 400.000 años, y a día de hoy, aún no hemos aprendido a hablar claro. 

3 comentarios:

  1. Por eso hay que ser valiente y arrisgarse en la vida, y si sale mal, pues al menos no te preguntaras eso de ¿Qué hubiera pasado si....? Y yo me arriesgue...y gané. Un beso.

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  2. Por cierto, me encanta leerte. Ya sabes...lo llevas en la sangre y se nota.

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