martes, 27 de mayo de 2014

Se escapa mejor de los laberintos cuando los diseñas tú.

Aquella mañana vi, apoyado en mi ventana, a un pequeño gorrión. No era temprano. Supongo que éste ya había desayunado y estaba allí, descansando a unas decenas de metros de la realidad del suelo. Tenía las palmeras de la Coronación de fondo y se escuchaban algunas voces provenientes de Los Caños. ¿Dónde está eso?, pensaréis los de otros lares. Lo pensarán los mismos que sonríen y se ríen al pronunciar el nombre de mi pueblo. Sé que es divertido pronunciarlo: Bo-llu-llos.

Iba dormida y leyendo en el camino. 600 kilómetros dan para leer La Lentitud, de Kundera. No es ningún mérito, tiene 90 páginas. Volviendo al tema, no hacía ambas cosas a la vez. Aunque a veces se mezclaban. Estaba anclada en ese periodo que surge antes de dormirte profundamente, en el que crees estar despierto, pero tus ideas ya comienzan a ser difusas y estrambóticas. Como esas ideas absurdas suelo tenerlas dormida y despierta, me pareció ver al gorrión que esa mañana estaba postrado en mi ventana. No puede ser. Bueno, en realidad sí podía, claro que podía. 

Sonreía pensando en la libertad que poseen los pájaros. También pensé en la similitud de los gorriones. Son todos iguales. Quizás ellos también nos vean a los humanos todos iguales. Bah, estoy segura que lo hacen. Incluso nos confunden con espantapájaros. 
Él me miró, con sus pequeños ojos negros y brillantes. ¿O era ella? Fue sólo un segundo, pero en su mirada parecía haber empatía. Como diciendo: 'Te entiendo. Somos tan iguales. Todos tan asquerosamente iguales que los humanos ni siquiera sois capaces de diferenciarnos.  Nosotros a vosotros tampoco. Aunque creáis destacar los unos sobre los otros.'

Un rato más tarde, después de atravesar en el taxi la multitud que albergaba la Cibeles, miré a un rincón que había a mi derecha y allí estaba aquel gorrión, picoteando algunas migas de pan en el suelo. Qué libertad la de los pájaros. Ajenos a la realidad y lo que acontece. Dando saltitos de aquí a allí y volando a otro sitio cuando algo les asusta, o cuando se aburren. Todo sin motivo aparente. 

Al llegar a casa me di cuenta de que aquel no era el gorrión de por la mañana, ni el de media tarde. Claro que no. 
Los gorriones no son libres en su totalidad. Están condenados a volar. Y son sedentarios. Ser sedentario suena a condena. Así que quizás no todos seamos como los gorriones. Algunos seremos golondrinas nómadas. O aves de paso. 
Los humanos no somos árboles. Así que lo de echar raíces es relativo. Podemos ir dejando trozos de nosotros mismos desperdigados por doquier. Y tenemos además la gran suerte de que nunca se gastan. Podemos dejarlos en personas y en lugares. Sin esperar si quiera que estos últimos se acuerden de nosotros.

Dios condenó a volar a los pájaros y a unos cuantos miserables de nosotros. 
Inconformistas natos. Infelices. Ignorantes de que el todo no existe. Cuyas únicas posesiones son los viajes, los besos y los adioses. Es difícil echar raíces en el desierto. ¿Pero y qué más da? ¿No es mejor ser polen que viaja por el aire, en las patitas de las abejas? Viendo como las flores se jactan de su belleza y nosotros de poder observar la belleza de todas ellas. Desde el aire. Desde la libertad de ser polvo.  
Algunos se atan a tierra inmóvil. Permanecen allí el resto de su vida y luego perecen. Con la de experiencias inescrutables que hay ante nosotros, ¿por qué elegir sólo una? 
Como dicen de los libros, hay demasiados, y no da tiempo en una sola vida a leerlos todos, así que empieza por los mejores. Haz lo que te guste. Y que el dedo de la sociedad no te oprima demasiado. Haz lo que quieras y aprende a elegir bien. Así con las personas. Así con los destinos. Así con los viajes. Así con lo que quieras. Pues, ¿qué es vivir? 

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