Ir hacia adelante es innato. Aún estoy esperando que vengas
y me hagas comprobar que el tiempo puede ir hacia atrás. Deseo ver cómo lo
paras, mientras me besas y me dices cualquier cosa bonita que me haga sonreír
como una estúpida.
Debo confesar que a veces cuando me hablas no te escucho. Me
quedo embobada en cómo tus labios se moldean para emitir las palabras. Cuando
tu lengua roza el filo de tus dientes o acaricia tu paladar. Cuando tus labios
se unen justo en el comienzo de mi nombre. Es el único contacto que yo poseo
con la teoría de la relatividad. Sin fuerzas gravitatorias, mientras intento
forzar las leyes del movimiento.
Miro la expresión de tus ojos y observo que el viento te
acaricia el pelo. Perdón por no oír tampoco el canto de los pájaros, ni el
bullicio de la gente. Da igual que nos traslademos a la playa, pues no oiré las
olas. No importa que intentemos cruzar Gran Vía en hora punta, ni que nos
sentemos juntos en el Retiro. Pues juro que yo no veo nada más que tu mirada
esquiva.
Disfruto soñando que tu reloj tampoco marca las horas cuando
yo sonrío. Que puedo tocarte la muñeca y éste deja de hacer tic-tac. Que cada
bocado en nuestras comidas es tu boca sobre mi cuello. Y que en cada sorbo de
tu café mis labios están sobre la taza. Y nos bebemos. Nos bebemos a morro en
las cervezas y a tragos largos cuando tomamos copas. Imagino que veinte
centímetros no son nada, y que puedo atravesar el aire que nos separa y
acariciarte.
Pero tu caprichoso reloj no había dejado quieta la manilla
de las horas. Ni la de los minutos. Ni la de los segundos. Así que tienes que
marcharte. Es entonces cuando nos sonreímos, nos ponemos de pie frente al otro
y nos decimos adiós.
Es por ello que odio tanto al tiempo y al espacio. A ambos
por igual.
La nota es corta, y puede que quizás esperases un relato más largo. Pero nuestros encuentros son así, fugaces, como el hielo de las copas. ¿Para qué alargar lo que ya está dicho? ¿Y lo nunca dicho? ¿Qué hacemos con lo nunca dicho?

No hay comentarios:
Publicar un comentario