Los
romanos desconocían el cero, así como desconocemos lo que nos es ajeno: quién
besó esas bocas antes que tú, quién se sentó previamente en aquel banco del parque, quién
ha vivido anteriormente en tus casas de alquiler o quién pensó en esto alguna vez.
En realidad nada empieza en cero, todo empieza en uno, por eso los romanos
tenían este número y no el anterior. Porque el cero es la nada y la nada no
existe en las realidades.
Hablo de
realidades porque cada uno tiene la suya propia. Es subjetiva, se interpreta
todo el tiempo y cambia continuamente. ¿Cómo puede caber en esto la nada? Además,
¿qué es la nada? ¿Puede caber en algún sitio? ¿Qué forma tiene? ¿Es blanca? ¿Es
negra? ¿Luz que destella u oscuridad que asusta? Si es oscuridad ya no es nada,
pues es oscuridad. Así que la nada no es niebla, la nada no es desconocimiento,
la nada no es silencio.
La nada
es una negación. Decir nada redunda un no. No he dormido nada, no he comido
nada, no estaba pensando en nada. Esto último siempre es mentira. Como pensar
en blanco o pensar en negro. Así que sea lo que sea siempre es algo. Y entonces algo se
convertiría en uno. El algo es el comienzo o el principio, o simplemente el
uno.
Sería pues el cero lo ajeno, lo externo y lo que no nos atañe. No puede ser la
nada, puesto que no existe. Y esto existe, y tú existes, y yo existo. Y lo que hay fuera existe. Creo. El
cero es lo que había antes de que nacieras y es lo que habrá después. Pues no
era ni algo, ni bastante, simplemente no era y simplemente no será. Al menos
para nosotros.
Con esto de los números, me
planteo, además, si el universo es aleatorio. Si fuese así no habría propósito,
ni causa, ni orden alguno. Entonces no habría efecto acertado. ¿O sí lo habría?
¿Y si hay efecto, cómo la partida puede ser aleatoria? ¿Nos conocemos de
forma aleatoria? ¿Simplemente por azar?
Quizás
sólo exista la imprevisibilidad. Partimos de la nada y llegamos a un algo
concreto. No sabes a quién vas a conocer mañana. No sabes a quién besarás el
año que viene. Créeme, no lo sabes. No sabemos por qué reiremos, ni por qué
lloraremos. Ni siquiera si podremos hacer aún ambas cosas. Sólo conocemos el
pasado, con el cual no puedes hacer nada (maldito término éste de la nada).
Y
tienes en tus manos el presente. Que, por cierto, ¿de cuándo a cuándo abarca el
presente? ¿Este año? ¿Esta semana? ¿El día de hoy? ¿O sólo mientras tecleo? Ahora
ya lo que tecleaba es pasado. Lo que tecleo, hace dos frases era futuro y se
está convirtiendo paulatinamente en pasado. Entonces, ¿de qué dispongo? ¿Disponemos
del incierto futuro? ¿O dispone la imprevisibilidad por mí? ¿No es mi futuro lo
suficientemente importante como para que tenga que ser el azar el que lo decida?
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