miércoles, 9 de abril de 2014

Capítulo 0. (Este artículo ha sido escrito sin la ayuda de sustancias psicotrópicas)

Los romanos desconocían el cero, así como desconocemos lo que nos es ajeno: quién besó esas bocas antes que tú, quién se sentó previamente en aquel banco del parque, quién ha vivido anteriormente en tus casas de alquiler o quién pensó en esto alguna vez. En realidad nada empieza en cero, todo empieza en uno, por eso los romanos tenían este número y no el anterior. Porque el cero es la nada y la nada no existe en las realidades.

Hablo de realidades porque cada uno tiene la suya propia. Es subjetiva, se interpreta todo el tiempo y cambia continuamente. ¿Cómo puede caber en esto la nada? Además, ¿qué es la nada? ¿Puede caber en algún sitio? ¿Qué forma tiene? ¿Es blanca? ¿Es negra? ¿Luz que destella u oscuridad que asusta? Si es oscuridad ya no es nada, pues es oscuridad. Así que la nada no es niebla, la nada no es desconocimiento, la nada no es silencio.

La nada es una negación. Decir nada redunda un no. No he dormido nada, no he comido nada, no estaba pensando en nada. Esto último siempre es mentira. Como pensar en blanco o pensar en negro. Así que sea lo que sea siempre es algo. Y entonces algo se convertiría en uno. El algo es el comienzo o el principio, o simplemente el uno.

Sería pues el cero lo ajeno, lo externo y lo que no nos atañe. No puede ser la nada, puesto que no existe. Y esto existe, y tú existes, y yo existo. Y lo que hay fuera existe. Creo. El cero es lo que había antes de que nacieras y es lo que habrá después. Pues no era ni algo, ni bastante, simplemente no era y simplemente no será. Al menos para nosotros.

Con esto de los números, me planteo, además, si el universo es aleatorio. Si fuese así no habría propósito, ni causa, ni orden alguno. Entonces no habría efecto acertado. ¿O sí lo habría? ¿Y si hay efecto, cómo la partida puede ser aleatoria? ¿Nos conocemos de forma aleatoria? ¿Simplemente por azar?

Quizás sólo exista la imprevisibilidad. Partimos de la nada y llegamos a un algo concreto. No sabes a quién vas a conocer mañana. No sabes a quién besarás el año que viene. Créeme, no lo sabes. No sabemos por qué reiremos, ni por qué lloraremos. Ni siquiera si podremos hacer aún ambas cosas. Sólo conocemos el pasado, con el cual no puedes hacer nada (maldito término éste de la nada). 

Y tienes en tus manos el presente. Que, por cierto, ¿de cuándo a cuándo abarca el presente? ¿Este año? ¿Esta semana? ¿El día de hoy? ¿O sólo mientras tecleo? Ahora ya lo que tecleaba es pasado. Lo que tecleo, hace dos frases era futuro y se está convirtiendo paulatinamente en pasado. Entonces, ¿de qué dispongo? ¿Disponemos del incierto futuro? ¿O dispone la imprevisibilidad por mí? ¿No es mi futuro lo suficientemente importante como para que tenga que ser el azar el que lo decida? 

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