Subían a pie las escaleras del metro. Escaleras mecánicas a pie. Con mucha prisa. Ajenos a sus vidas, al disfrute; sólo pendientes del tiempo.
Acababa de salir el Sol y nadie se había detenido a verlo. El reflejo de uno de los espejos me lo contaba. El Sol tampoco les saludaba a ellos.
Conocí otro Madrid y no me gustó.
Quizás su tiempo valga más, pensé. Y por ello no se paran a observar. ¿Cómo puedes pasar por la vida sin mirarla?
Ensimismados en sus novelas, esas en las que a los protagonistas les suceden cosas interesantes, amores fugaces, amores plenos. Noches pasionales, artistas inventados, argumentos editados. Cosas.
Y ellos sólo eran las varillas de los relojes. Eran máquinas y eran personas.
Madrid es pues, muchas ciudades.
Por esta zona los bares son para comer y no para entretenerse. ¿Cuándo comenzó el ludismo? Aquí del todo nunca.
Se desvían hacia talleres, hacia edificios de interminables oficinas, con numerosas y sobrias ventanas.
Las furgonetas invaden las calles, aparcadas frente a antiguas casas de pueblo. De pueblo de Madrid. Ondean al viento sus cortinas, con macetas postradas en sus balcones. Macetas de geranios que se reflejan en los cristales de las ventanas de las oficinas. Laboral-fiscal-contable-mercantil. Y los geranios.
Los bares se llenan a las 8 y se vacían a las 9. Se llenan a las 15 y se vacían a las 16. 'Un carajillo, por favor'.
Ellos son los engranajes de un motor ahora un poco oxidado. Y ellos sin saberlo. Sin disfrutar a penas del tiempo. Ajenos a él. Sólo conocen dos horas: las ocho y las tres.
Quizás ellos no sepan que van a morir. Será eso. Tendrán fe y pensarán que los últimos serán los primeros. Pero veo a los primeros, y no son ellos. Y yo, desconsiderada, escribiendo sobre ellos sin prestarles atención. Pero ellos no me ven a mí, ellos no ven nada.
Me gusta mucho Belén. Hay tanta gente que no ve nada....
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