viernes, 14 de febrero de 2014

No me gusta el whisky.

A veces vienes. Pero no tu persona, sino tu fantasma a mi mente. Fugaz como el hielo de una copa. Al principio frío, luego caliente y al final ausente. Me dice frases que sí dijiste hace algún tiempo y que ya no piensas, y otras que nunca dijiste pero yo me invento. 
Y sonrío por un momento. Y de seguido me entran ganas de tenerte. No sé si por el placer de tocarte y que me supliques que siga. Que siga tocándote y acariciándote y arañándote la espalda. 
Te acercas a mí, me quitas un botón de la camisa y yo te beso. Muerdo tu labio inferior y tú me sonríes, y me dices que me echas de menos. Y yo te beso. Siempre te beso. 
Otras veces se me ocurre que paro. Porque leo en tus ojos el ya no más. Me dicen que pare y que me vaya.
Es entonces cuando quiero echarte. Fuera de aquí, te digo. Pero tú no me oyes. Porque tú andas haciendo no sé qué que yo nunca supe. Así que le hablo a tu fantasma pero él no tiene oídos. Porque lo creé sin oídos y a partir de recuerdos falsos. 
Ahora sólo quiero que se vaya y que no me atormente. 
Y es en ese momento cuando dejo de hablar de ti y me pido otra copa. Siempre te vas con el whisky. Y tú, maleducado, nunca te despides, porque siempre vuelves. Y yo vuelvo al whisky. Y te ahogo. Glup. 



No hay comentarios:

Publicar un comentario