lunes, 24 de marzo de 2014

Es muss sein.

Tengo numerosos libros. Los que empiezo, los que acabo y a los que sólo les limpio el polvo. 
Era la noche de un día en el que había tenido conversaciones distendidas a la vez que intensas. Habíamos hablado del futuro, del presente, del tiempo, de pesadillas, de la muerte, del alcohol, de la familia, del dinero y de los hombres. Cerveza tras cerveza habíamos ido mezclando temas. 
Cuando llegué a casa, decidí leer. No necesariamente leo el mismo libro todas las noches. Ayer no me apetecía Cortázar. 

Miré los libros que tenía a mano y entonces me acordé. Hablamos de él hace mucho, en Junio, sentados en aquel merendero de un área de servicio en algún lugar de Transilvania. Ni siquiera recuerdo el pueblo, ni si había pueblo, ni por qué hablábamos de libros, ni por qué estábamos desordenados en aquella mesa. Sé que empezamos a hablar y yo anoté ese título en una libreta. Cuando volví a España lo busqué y por ende lo encontré. Pero aquel no era el momento de leerlo. Ayer sí. 

Me fui hacia el libro, lo cogí, le pasé la mano, me senté en la cama, encendí la luz de lectura, apagué la lámpara y comencé a leer. 

En la página 8 ya estaba tocándome la frente con la mano derecha, echándome hacia atrás el flequillo mientras decía para mis adentros: 'Qué verdad. No puede ser'. Frotaba mis ojos con los dedos intentando así evadir aquella fatídica idea: si sólo tenemos una vida, no tenemos margen de error. 

Los actores ensayan antes de las obras. Los escritores revisan sus ensayos y novelas. Los pintores corrigen sus cuadros. Pero la vida es cristal que se rompe, luz que destella y viento que despeina. Y no tienes pegamento, no tienes gafas y no tienes peine. 

Cuando cometemos errores nos decimos: 'Lo haré mejor la próxima vez', espera, ¿qué vez? No hay veces iguales, como mucho parecidas, y éstas son las no-importantes. 
Es por ello que las personas se torturan, se arrugan y llevan reloj. Aquí no existen los frenos. 
Es por ello también que cuando las cosas terminan y no vuelven, los hechos se empapan de nostalgia, y ahora aquello que se convirtió en finito es más deseable, más apetecible y más bonito. ¿Por qué es más bonito ahora que mientras sucedía?
Nada vuelve y todo pasa. Fluye y termina. Los hechos, los besos, las personas, los lugares y hasta las guerras. 


'Si el hombre sólo puede vivir una vida, es como si no viviera en absoluto'. Milán Kundera. La insoportable levedad del ser.

viernes, 21 de marzo de 2014

Me gustan las personas que sonríen porque sí.

Hola. Hacía mucho que no me confesaba, y como la modestia rehuye de los pecados, he decidido hablar de otras cosas. Otras que Moisés no talló en la piedra. 

Tengo un problema de adicción con las patatas fritas. Así que no las compro. Soy como un heroinómano borrando de la agenda el móvil de su camello, como si no se lo supiera de memoria. 

A veces, cuando no puedo dormir, pongo música relajante de piano. Y eso me hace soñar despierta. Casi siempre con pesadillas. Me hago mi propio corto de Un perro andaluz, pero con menos calidad que el de Buñuel. Y en los míos no hay hormigas. Pero hay muerte y huidas sin éxito. Será porque no me gusta la música sin poesía.

También estoy enamorada de la idea del amor, pero termino huyendo de todo lo que se le parece. O la idea huye. Siempre hay algo que huye. Así que soy incoherente, o demasiado coherente. Pues, ¿qué es el amor? ¿locura o cordura? No me aclaro en esto. 

Amo estar sola cuando estoy con gente y amo estar con gente cuando estoy sola. Me gusta ir acompañada a los bares y desacompañada a las librerías. Me gusta comprar libros para almacenar en mi mesilla de noche. Siempre los empiezo y a veces los termino. 

Esto me hace pensar que casi nunca termino nada. Ni los escritos, ni los libros, ni las series, ni las películas. Cambio de opinión constantemente y siempre estoy segura. Siempre estoy segura de que no estoy segura de nada. 

Me gustaría que siempre me apeteciesen hacer cosas. Me gustaría viajar con parada en casa. Aunque a veces confundo dónde es mi casa. 
Odio que me molesten y que me cuenten cosas que no me interesan. Odio la presión del tiempo y el tic-tac tic-tac continuo que escucho detrás de mi oreja. 
Me gusta que mis amigos me quieran. Me gusta la gente que riñe, la gente que se enfada y la gente que protesta. Y que luego se le pasa. Me gusta la gente que bebe. La gente que come. La gente que lee. La gente que escribe. Me gusta la gente que estudia, la que ama su trabajo y la que tiene hobbies interesantes. La gente que va al cine y que entiende de vinos. Me gustan las personas que sonríen porque sí.
No soporto a la gente que comete faltas de ortografía. Ni a la gente que miente. Ni a los hipócritas. No soporto a la gente que hace daño. 

Pero en definitiva, ¿qué más da? Al final todos pasaremos. Los que amo y los que no soporto. Y Tú. Y Yo. El nosotros que nunca fuimos. Aquellos a los que conocí, aquellos otros a los que nunca conoceré...
Se me olvidó decir que odio los puntos suspensivos. Siempre. En ortografía y en metáfora. Es algo inconcluso. ¿No me sobra quizás con todo lo que dejo a medias? 
Total, el mundo seguirá. Estaba cuando vinimos y seguirá estando cuando nos vayamos. Tan ajeno a nosotros que ni puede sentirnos. Aquí, impuro y corrupto. Con mentiras, cine y patatas. Con libros, artistas e hipócritas. Con ebrios, con sobrios. Contigo. Conmigo. Sin nosotros. 


jueves, 20 de marzo de 2014

Los ciegos por los reflejos de los cristales.

Subían a pie las escaleras del metro. Escaleras mecánicas a pie. Con mucha prisa. Ajenos a sus vidas, al disfrute; sólo pendientes del tiempo. 
Acababa de salir el Sol y nadie se había detenido a verlo. El reflejo de uno de los espejos me lo contaba. El Sol tampoco les saludaba a ellos. 

Conocí otro Madrid y no me gustó. 
Quizás su tiempo valga más, pensé. Y por ello no se paran a observar. ¿Cómo puedes pasar por la vida sin mirarla?

Ensimismados en sus novelas, esas en las que a los protagonistas les suceden cosas interesantes, amores fugaces, amores plenos. Noches pasionales, artistas inventados, argumentos editados. Cosas.
Y ellos sólo eran las varillas de los relojes. Eran máquinas y eran personas. 

Madrid es pues, muchas ciudades. 
Por esta zona los bares son para comer y no para entretenerse. ¿Cuándo comenzó el ludismo? Aquí del todo nunca. 
Se desvían hacia talleres, hacia edificios de interminables oficinas, con numerosas y sobrias ventanas. 
Las furgonetas invaden las calles, aparcadas frente a antiguas casas de pueblo. De pueblo de Madrid. Ondean al viento sus cortinas, con macetas postradas en sus balcones. Macetas de geranios que se reflejan en los cristales de las ventanas de las oficinas. Laboral-fiscal-contable-mercantil. Y los geranios. 
Los bares se llenan a las 8 y se vacían a las 9. Se llenan a las 15 y se vacían a las 16. 'Un carajillo, por favor'. 

Ellos son los engranajes de un motor ahora un poco oxidado. Y ellos sin saberlo. Sin disfrutar a penas del tiempo. Ajenos a él. Sólo conocen dos horas: las ocho y las tres. 

Quizás ellos no sepan que van a morir. Será eso. Tendrán fe y pensarán que los últimos serán los primeros. Pero veo a los primeros, y no son ellos. Y yo, desconsiderada, escribiendo sobre ellos sin prestarles atención. Pero ellos no me ven a mí, ellos no ven nada.