lunes, 30 de septiembre de 2013

Elegir, vaya verbo.

Escoger. Seleccionar. Todo conlleva dejar fuera un objetivo, una meta, un camino e incluso una persona. Y qué decir de esas veces que conlleva dejarse fuera a uno mismo. (¿Pero y lo que ganamos, lo que sí que conseguimos? De eso nadie se acuerda. 'Los besos que no has dado' decía Sabina, esos son los que vuelven a tu cabeza una y otra vez, repetidas veces. Pero aquí no hablamos de besos. O sí. Ya veremos).

Como dijo Friedrich von Wieser en su 'Theorie der gesellschaftlichen Wirtschaft' (No te preocupes, yo tampoco sé leerlo), el coste de oportunidad designa el coste de la inversión de los recursos disponibles, en una oportunidad económica, a costa de la mejor inversión alternativa disponible, o también el valor de la mejor opción no realizada. Vale, espera que lo aclaro. Lo que quería decir este señor era que eligiendo una cosa, se rechazaba otra irremediablemente. Aunque hay excepciones como: '¿Qué tarta prefieres la de chocolate blanco o la de almendras?' 'Las dos, tú te pides una y yo otra, y compartimos'. 
En realidad lo de las tartas lo puedes aplicar a casi cualquier concepto de la vida cotidiana, exceptuando, como propone el dicho, el compartir mujeres y coches. Por lo visto eso nunca. Ahora que lo pienso, tengo amigos que aún no se lo saben. Yo añadiría el cepillo de dientes. 

Esto es diferente. A menos que poseas el don de la bilocalidad, o mientas mejor que Napoleón marcándose ese 'No, no, yo sólo estoy de paso para invadir Portugal'. No puedes quedar con tu novio y con tu amante en el mismo tiempo (aunque he oído cada cosa...). No puedes escuchar dos canciones a la vez (al menos disfrutando de ambas). Y no se puede preparar tostadas y cafés para cuatro, todos a la vez, sin que se te quemen las primeras o se te quede frío lo segundo. Vale, siempre hay excepciones. Como para todo. Qué gracia eso de 'la excepción que confirma la regla'. No confirma nada, al revés, te hace darte cuenta de que tu invencible regla es una basura. 

Lo que sí de verdad que no se puede, es estar en dos sitios a la vez. Excepto aquel caso de la monja que andaba por aquí y por Sudamérica, ¿lo conocéis? Pero para eso Dios te tiene que querer mucho mucho y te deja que vayas a la Riviera mientras que tu jefe piensa que sigues aquí, currando en la oficina. 

Después de una experiencia alucinante en el país de los magiares, ahora elijo Madrid. Así, cambiando de tema. 
MadriZ. Una ciudad que es muchas ciudades. Con mil rincones. Mil historias aún por narrar. Miles por escribir. ¿Tenéis idea de todo lo que puede estar sucediendo ahora mismo, sólo aquí? Qué pasada sería poder ver los momentos de cada uno, como hace Lars Von Trier en Dogville. Bueno no, en realidad no mola nada. En todos los pisos viven parejitas enamoradas y Mia y yo somos las únicas chicas del edificio. Es lo que tiene vivir en Chueca. 

Así que aquí estoy, dentro de la M-30. Ahora sí. 
Por cierto Madrid, un piropo, me gusta el acento de tus chulapos. De algunos. Y también cómo tu vida matutina no tiene nada que ver con la nocturna. Ni con la vespertina. Y cómo cambian tus calles, de una a otra. 
Por ahora a lo único que le tengo miedo es a pasear por Fuencarral en plena mañana. Debes ir esquivando jovencitas que pretenden hacerte socio de todas las ONG's de España. Todas. 'No señorita, no apoyo su reserva protectora de suricatos en el Kalahari. Que no, ni por un euro al día. Lo sé, Timón es adorable pero no me enseñe más fotos. Este euro es para mi café de media mañana. Hasta luego'.

Bueno, y ya que me acabo de ganar un euro, me voy a tomar ese café. Pero en la máquina de casa, que esto es Madrid y aquí no redondean al euro, como en el sur. 




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